La mañana había comenzado como cualquier otra en el pueblo de San Lorenzo de las Nieblas, un lugar remoto perdido entre montañas verdes y bosques espesos donde la magia aún se respiraba en cada rincón. El sol asomaba tímidamente entre las copas de los árboles cuando Ingrid salió de su cabaña arrastrando los pies, con el pelo revuelto hecho un desastre, los ojos entrecerrados y una bata raída que apenas le cubría las rodillas. Ingrid era una bruja joven, de unos veinticinco años, con el cabello negro azabache largo hasta la cintura, siempre enredado como nido de ratones aunque se supone que las brujas deberían verse presentables. Tenía el rostro redondo, con mejillas sonrosadas que se le inflaban cuando estaba concentrada, cosa que pasaba seguido porque la pobre era despistada de naturaleza. Sus ojos eran grandes, cafés oscuros, como dos cerezas en chocolate, y siempre tenían esa expresión de susto permanente, como si acabara de ver un fantasma. Era delgada, no muy alta, con caderas moderadas y unos pechos pequeños que apenas se notaban bajo las túnicas holgadas que acostumbraba usar. Tenía la nariz respingada, llena de pecas, y unos labios delgados que siempre estaban fruncidos cuando pensaba, o sea, casi nunca. El problema principal de Ingrid, más allá de su despiste crónico, era que hacía ya tres meses había roto su escoba voladora. Y no la rompió en un accidente digno de mencionarse, no. La verdad fue que intentó aterrizar en el techo de la cabaña de su vecino Don Refugio para asustarlo en Halloween, pero calculó mal la distancia, se estrelló contra el tendedero de ropa, y la escoba se partió en dos con un crack patético. Desde entonces no tenía cómo volar, y para una bruja eso era como ser panadero sin horno. —¡Ay, qué desgraciada soy! —gritó al cielo mientras estiraba los brazos—. ¿Cómo se supone que haga mis entregas de pociones sin escoba? ¡Puta madre! Ingrid se dedicaba a elaborar pociones y ungüentos que vendía en los pueblos cercanos, pero sin transporte mágico tenía que caminar horas enteras, cargando su canasta con frascos que se rompían más seguido de lo que le gustaría reconocer. Había intentado reparar la escoba con cinta adhesiva, con pegamento de contacto, hasta con un hechizo de unión que encontró en un libro viejo, pero nada funcionaba. La escoba estaba muerta, finada, descansando en paz entre la basura del patio. Fue entonces cuando apareció York. York era un pegaso magnífico, de aquellos que solo existen en los libros de cuentos viejos y en las pesadillas alcohólicas de los borrachos del pueblo. Era un corcel blanco como la nieve fresca, con un pelaje que brillaba con el sol como si estuviera hecho de plata líquida. Sus alas eran enormes, con plumas largas y suaves que parecían nubes tejidas, y cuando las extendía completamente parecían abarcar todo el cielo. Tenía los ojos azules profundos, inteligentes, con una chispa de picardía que delataba que el animal era más pillo de lo que aparentaba. Su crin era larga, sedosa, de un blanco puro que ondeaba con el viento como bandera de rendición. Medía casi dos metros hasta la cruz, con un cuerpo robusto y fuerte, patas musculosas con pezuñas color perla que sonaban como campanitas al caminar. Y la verdad, York tenía una expresión que preocupaba un poco: esa sonrisa de oreja a oreja, como dizque inocente, pero que escondía toda una intención detrás. La primera vez que Ingrid vio a York fue cuando el pegaso se apareció en su patio comiéndose las caléndulas mágicas que ella cultivaba para sus pociones. —¡Oye, cabrón! ¡Esas flores son mías! ¡Quítate de ahí! —le gritó Ingrid agitando los brazos. York levantó la cabeza, masticó despacio, la miró fijamente con esos ojazos azules y le sonrió. Así, sin más. Como si le estuviera dizque pidiendo permiso para seguir comiendo. Ingrid, que era blanda de corazón aunque rápida de boca, se quedó viendo al animal y suspiró. —Pues ya te comiste mis flores, güey. Ahora qué, ¿te vas a quedar a vivir aquí? York relinchó suavemente y movió la cabeza como diciendo que sí. Y así comenzó la amistad más rara de todo San Lorenzo de las Nieblas. Los primeros días fueron un desastre. Ingrid intentó montar a York como se montan los caballos normales, pero el pegaso tenía otras ideas. York tenía una costumbre bien peculiar: cuando Ingrid se subía a su lomo para volar, todo iba bien al principio. York despegaba con elegancia, sus alas batían el aire con fuerza, y subían hacia las nubes. Pero en cuanto ganaban altura, York se acomodaba a su manera. Era una posición media rara, de esas que no vienen en ningún manual de equitación mágica. York se ajustaba encima de Ingrid y la ensartaba. Así, sin más. La virilidad del pegaso, que era considerable, tan considerable que Ingrid la primera vez soltó un grito que se escuchó en tres pueblos circunvecinos, quedaba dentro de ella. York la penetraba y la dejaba ahí, ensartada, como brocheta de carne bajo el pegaso. La bruja quedaba colgando boca abajo, con el pene del animal dentro de su vagina, apretado, profundo, sin poder zafarse porque la posición y el tamaño la tenían literalmente inmóvil. La primera vez fue horrible. Ingrid iba montada normalmente cuando York se giró en pleno vuelo, se acomodó encima, y la ensartó de un solo movimiento. El tamaño era brutal, mucho más grande que cualquier cosa que Ingrid hubiera conocido en su vida. Sintió que la partían en dos, que su panocha se estiraba más de lo que permitía la naturaleza humana, y el dolor fue tan intenso que Ingrid lloró a mares. Sus ojitos cafés se le salieron con todo y lágrimas, gritando, pataleando, con la cara roja y las manos agarrándose del pelaje de York con desesperación. —¡Ayyyy! ¡York, sácame! ¡Me lastimas! ¡Me lastimas, cabrón! ¡Sácamela, sácamela, sácamela! —lloraba Ingrid, con los ojos hinchados y la voz rota, las lágrimas volándole por la cara por el viento. Pero York seguía volando, con esa sonrisa eterna, sus alas batiendo el aire con calma, como si no tuviera una bruja ensartada debajo llorando a mares. Cada batida de alas empujaba el pene más adentro, mandando oleadas de dolor que hacían a Ingrid gritar y apretar los dientes. —¡Puta... madre...York... me... rompes...! —gemía entre lágrimas, las uñas clavadas en el pelaje del animal. El primer vuelo duró lo que para Ingrid fueron horas. Cuando York aterrizó por fin en el patio de la cabaña y se salió de ella, Ingrid se desplomó en el piso como costal de papas. Tenía los calzones rotos, la túnica revuelta, las piernas temblorosas y la panocha ardiendo como brasero. Se quedó tirada en el piso mirando al cielo, con los ojos hinchados y la cara manchada de lágrimas, jurándole a todos los santos que nunca más iba a volar con ese pegaso desgraciado. —¡Nunca más! ¡¿Me oyes, cabrón? ¡Nunca más te me subes encima! —le gritó a York, que estaba parado relinchando contento, con su sonrisa de oreja a oreja, como si nada hubiera pasado. Pero Ingrid no tenía otra opción. Sin escoba, sin dinero para comprar una nueva, y con pociones que entregar en pueblos lejanos, a los tres días se vio en la necesidad de pedirle a York que la llevara otra vez. El pegaso la esperaba en el patio, con las alas abiertas y esa maldita sonrisa. —Pero me vas a llevar normal, ¿oíste? Nada de ponerte encima —le advirtió Ingrid, señalándolo con el dedo. York asintió con la cabeza. Ingrid se subió. Despegaron. Todo iba bien. Y a los cinco minutos de vuelo, York se giró otra vez. —¡No! ¡York, no! ¡Te juro que... ayyy! La segunda vez dolió menos. No dejó de doler, claro, el tamaño seguía siendo una bestialidad, pero su panocha ya sabía lo que se venía y de algún modo se acomodó mejor. Ingrid lloró otra vez, pero menos. Los gritos se convirtieron en gemidos, y los gemidos se convirtieron en quejidos, y los quejidos en algo que ya no era puro dolor. La tercera vez, Ingrid solo apretó los ojos y mordió el labio. Le dolía, sí, pero había algo mezclado con el dolor que no quería nombrar. Algo caliente, algo que vibraba en lo profundo de su panocha cada vez que las alas de York golpeaban el aire y empujaban su pene más adentro. Para el décimo vuelo, Ingrid ya no lloraba. Sus ojos seguían lagrimeando, pero no era por el dolor. Era por la posición, por la presión, por esa sensación de estar tan llena, tan estirada, tan completamente abierta por la verga del pegaso que le temblaban las piernas y se le cortaba la respiración. Su panocha se había acostumbrado al tamaño poco a poco, como maceta que se ensancha para la planta. Los músculos vaginales habían aprendido a relajarse, a recibir, a amoldarse a esa verga enorme que la ensartaba cada vez que subían al cielo. —¡York... ay... ya... baja... eh... más despacio... ah...! —gemía entre palabras, la voz cortada por cada batida de alas que empujaba el pene contra sus paredes internas, tocando lugares que Ingrid no sabía que existían. Sus ojitos cafés se le salían con todo y lágrimas, pero ahora las lágrimas eran diferentes. No eran de susto ni de puro dolor. Eran de esa mezcla confusa que sentía su cuerpo cada vez que York la tenía ensartada bajo él, volando por las nubes, con el viento golpeándole la cara y la verga del pegaso dentro de ella, grande, caliente, palpitando con cada movimiento de las alas. Pobre Ingrid. Es el precio de volar con un pegaso de sonrisa eterna. Cada vuelo era igual. Ingrid se subía a York, despegaban, y a los pocos minutos el pegaso se acomodaba encima, la ensartaba, y la bruja quedaba como brocheta de carne colgando bajo el animal, con el pene dentro de su vagina, sin poder zafarse, sin poder más que aguantar y gemir y apretar las piernas y dejar que las lágrimas le corrieran mientras el placer y el dolor se mezclaban en algo que ya no sabía separar. —¡Ah... York... cabrón... me... vas a... romper...! —pero sus piernas apretaban más fuerte contra los costados del animal, como si su cuerpo le dijera una cosa y la boca otra. York, ajeno a toda interpretación humana, volaba contento. Siempre con la misma sonrisa. Fue en uno de esos vuelos cuando Trinidad los vio desde abajo. Trinidad era un hada madrina de las de antes, de las que aún creían en hacer el bien sin pedir nada a cambio, aunque sus métodos eran cuando menos poco convencionales. Era una mujer alta, más alta que Ingrid por varios centímetros, con una figura que hacía volcar puestos de fruta en el mercado. Tenía el cabello rubio platino, largo hasta la cintura, brillante como hilos de oro fundido, siempre recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda como una soga. Su rostro era de porcelana, con pómulos altos y marcados, nariz recta y delgada, y unos ojos verdes esmeralda que brillaban con una luz propia, como si tuvieran farolitos detrás. Sus labios eran carnosos, color rosa natural, siempre curvados en una sonrisa bondadosa que a veces parecía más bien traviesa. Pero lo que definía a Trinidad, lo que la hacía inconfundible, eran sus tetas. Enormes. Gigantescas. Dos globos de carne suave y firme que parecían desafiar la gravedad y la lógica. Eran tan grandes que no había blusa que las contuviera dignamente; siempre se asomaba la parte superior de sus pezones, rosados y suaves, asomando por el escote como diciendo aquí estamos. Su cintura era delgada, lo que hacía que su pecho se viera todavía más exagerado, y sus caderas eran anchas, redondas, de las que dejaban huella en el camino. Usaba vestidos largos, blancos, que se amarraban en los hombros y que dejaban la espalda descubierta, y calzaba unas sandalias doradas que repiqueteaban cuando caminaba. Sus muslos eran gruesos, suaves, y su caminar tenía esa cadencia de mujer que sabe que todos la ven pero que le vale. Trinidad miró hacia arriba, vio a Ingrid colgando bajo York, gemidita y lagrimosa, ensartada como brocheta viva, y se le salió la risa. —¡Ay, Ingrid, otra vez así, hija! —le gritó desde el suelo cuando aterrizaron—. ¿Ya vas a aprender a montar bien? Ingrid se bajó del pegaso con las piernas temblorosas, el pelo hecho nido de pájaro otra vez, y la cara roja roja. Tenía las mejillas húmedas de las lágrimas, la túnica revuelta, los calzones rotos otra vez, y caminaba con las piernas abiertas porque su panocha estaba sensible y estirada. Sus pezones pequeños se le notaban a través de la tela por el viento frío. —¡No es... no es culpa mía! ¡York se... se acomoda arriba y me ensarta! —se defendió Ingrid, cruzándose de brazos, todavía jadeando—. Este cabrón lo hace a propósito. York, que estaba parado con las alas plegadas, relinchó y sonrió. Otra vez esa sonrisa de oreja a oreja. —Pues dile que deje de hacerlo, o voy a tener que hecharte una bendición para que te acostumbres mejor —dijo Trinidad acercándose. —¿Una bendición? ¿Cómo? —Pues la de siempre, hija. Le echo leche de mis tetas y listo, el hechizo surte efecto. Ingrid la miró con los ojos entrecerrados. Conocía los métodos de Trinidad. Todo el pueblo los conocía. El otro día, Julia, la panadera del pueblo, le había pedido a Trinidad que la ayudara con un problema de confianza. Julia era una mujer de unos treinta años, regordeta, con cara redonda y sonriente, pelo castaño corto, ojos cafés pequeños, y unos pechos modestos que la hacían sentir insuficiente. Había ido con Trinidad llorando, diciendo que su esposo ya no la miraba con los mismos ojos, que sentía que no era suficiente mujer. Trinidad, con su bondad de hada madrina, le había dicho que no se preocupara, que ella tenía la solución. Se destapó una teta, apretó el pezón con dos dedos, y le roció leche directamente en la cara a Julia mientras decía un conjuro. Julia había escupido y parpadeado, sorprendida, pero al día siguiente amaneció con unas tetas enormes, del tamaño de melones, que reventaron tres blusas y le cambiaron la vida. Su esposo ya no la miraba con los mismos ojos: ahora no podía dejar de mirarla. Y estaba también lo de Margarita. Margarita era una muchacha del pueblo, de unos veintidós años, delgada como varilla, con pelo negro corto, cara pecosa, nariz chica, labios delgados y ojos verdes. Se iba a casar en una semana pero tenía un problema: no era virgen. Había tenido un novio anterior con quien se había acostado, y el hombre que iba a casarse con ella era de familia tradicional y esperaba una esposa pura. Margarita fue con Trinidad desesperada, llorando a mares, y el hada madrina, con su eterna sonrisa, le dijo: —No te preocupes, hija. Eso se arregla. Se apretó ambas tetas y le roció leche en el vientre mientras murmuraba un hechizo antiguo. Al día siguiente, Margarita amaneció virgen otra vez. El doctor del pueblo lo confirmó y todo. Nadie entendía cómo, pero la magia de Trinidad funcionaba así: sus tetas producían leche mágica que hacía realidad los deseos. El problema era que los hechizos de Trinidad tenían efectos secundarios. Siempre. Sin excepción. A Julia le crecieron las tetas tan rápido que le dio mareo por tres días y no podía dormir boca abajo. A Margarita le devolvió la virginidad, sí, pero también le dio un calor en la panocha que no la dejaba en paz, y la pobre estaba caliente todo el santo día, apretando las piernas cada cinco minutos, con los calzones empapados, deseando que llegara la noche de boda con una desesperación que la tenía al borde del llanto. Ingrid lo sabía. Conocía los efectos secundarios de los hechizos de Trinidad y por eso desconfiaba. —No, Trinidad, no me eches nada. Ya ves cómo sale. A Julia le dio mareo y a Margarita la tiene caliente como tortilla en el comal. —Pues la otra opción es que sigas ensartada bajo York como brocheta en la carnicería —dijo Trinidad encogiéndose de hombros, lo que hizo que sus enormes pechos se movieran como dos mares en tempestad. York relinchó y asintió con la cabeza. Hasta el pegaso estaba de acuerdo. Esa tarde, las dos mujeres se sentaron en el patio de la cabaña de Ingrid a platicar. York pastaba tranquilamente cerca, masticando las flores que encontraba, ajeno a la conversación o eso parecía. El sol caía dorado entre los árboles, y el aire olía a tierra mojada y a hierbas mágicas. —Lo que necesitas —dijo Trinidad, cruzando las piernas y recargando los brazos en sus pechos gigantes— es una escoba nueva. Pero no una cualquiera. Una que sea especial. —¿Y de dónde voy a sacar una escoba especial si no tengo dinero ni materiales? —preguntó Ingrid, que estaba sentada en una silla de madera raída, con las piernas abiertas porque le ardía la panocha del último vuelo. —Pues yo puedo ayudarte. Pero necesito que hagas algo por mí. —¿Qué? Trinidad la miró con esos ojos verdes esmeralda y sonrió. Su sonrisa era bonita, sí, pero tenía algo de malicia que no terminaba de cuadrar con su imagen de hada bondadosa. —Necesito un ingrediente que solo tú puedes conseguir. Una lágrima de bruja. Pero no cualquier lágrima. Una lágrima de placer. Ingrid abrió los ojos como platos. —¿De qué? ¡Estás loca! ¿Cómo quieres que...? —Es la última gota que sale de tu ojo cuando te vienes. Es ingrediente rarísimo, súper valioso. Con eso puedo hacer una escoba que nunca se rompa, que vuele más rápido que cualquier otra, y que además... —¿Además qué? —Que tenga comodidades. Descanso para las piernas, soporte lumbar, esas cosas. Eres bruja, ya ves que la ergonomía mágica es importante. Ingrid se quedó callada, pensando. La verdad era que necesitaba la escoba. No podía seguir dependiendo de York y de ser ensartada cada vez que volaba, aunque en el fondo su cuerpo ya se había acostumbrado a esa verga enorme y a veces, en las noches, se descubría tocándose pensando en el último vuelo. Pero lo que Trinidad le pedía era complicado. —¿Y cómo se supone que consiga una lágrima de esas? Yo no... o sea, no es que yo... —Ya, ya. No te hagas. Yo te he visto cómo te quedas después de los vuelos con York. Con las mejillas rojas, las piernas apretadas, la respiración agitada, los ojos llorosos. A ti ya no te duele, Ingrid, ya te gusta. No tiene nada de malo. Ingrid sintió que la cara se le incendiaba. Quería negarlo, quería decir que no era cierto, que solo era el tamaño, que era la posición. Pero Trinidad la conocía bien. Demasiado bien. Ingrid recordaba cómo en los últimos vuelos sus gemidos ya no eran de dolor puro, cómo su panocha se mojaba antes de que York siquiera la ensartara, cómo a veces apretaba los muslos esperando el momento en que el pegaso se acomodaba encima y la penetraba. —Pues... a ver, suponiendo que acepte... ¿tú qué ganas con todo esto? —Necesito esa lágrima para un hechizo más grande que estoy preparando. Un hechizo de fertilidad para todo el pueblo. San Lorenzo lleva años sin que nazcan niños, ¿no lo has notado? Las mujeres del pueblo ya no pueden quedar embarazadas, y yo creo que es por algo que está en el ambiente, alguna maldición vieja. Si consigo esa lágrima, puedo hacer el hechizo y devolverle la fertilidad al pueblo. Ingrid la miró con desconfianza. —¿Y no hay efectos secundarios? —Puede que haya algunos pequeños, pero nada grave. —Trinidad... —Bueno, puede que la persona que proporcione la lágrima sienta algunos efectos. Nada peligroso. Quizás un aumento en la sensibilidad, un poco de calor, esas cosas. Cosas ricas, no te preocupes. Ingrid suspiró. Sabía que cuando Trinidad decía cosas ricas, quería decir que iba a estar caliente como una olla de tamales. Pero el pueblo necesitaba ayuda, y ella necesitaba la escoba para dejar de ser la brocheta de York. —Está bien. Acepto. Pero me vas a explicar bien cómo se hace esto. Trinidad sonrió, y sus pechos se movieron con la risa. Esa noche, Ingrid no podía dormir. Estaba acostada en su cama, una cama vieja de madera con colchón de paja, mirando el techo de su cabaña. La luz de la luna entraba por la ventana y hacía dibujos en la pared. York estaba afuera, durmiendo parado cerca de la puerta, con las alas plegadas y resoplando suavemente. Ingrid pensaba en lo que tenía que hacer. Una lágrima de placer. Tenía que venirse y capturar la última gota que saliera de su ojo. Era extraño, era raro, pero no era imposible. Lo que la tenía nerviosa era que Trinidad le había dicho que el orgasmo debía ser natural, sin ayuda de pociones ni hechizos. Tenía que ser real, salido de su propio deseo. Y ahí estaba el problema. Ingrid no tenía pareja. No tenía novio, ni amante, ni nadie que la ayudara con eso. La última vez que había estado con un hombre había sido hace un año, con un brujo de otro pueblo que resultó ser un imbécil que solo la quería por sus pociones. Y ese brujo no se comparaba en absoluto con lo que York tenía entre las patas. Ni por lejos. Después de haber sido ensartada por el pegaso tantas veces, el recuerdo del brujo le causaba risa. Estiró la mano bajo la cobija y se tocó el vientre. Su piel era suave, tibia. Se le ocurrió que podría hacerlo sola, que no era tan difícil. Se bajó los calzones, unos calzones blancos de algodón sencillos, y los tiró a un lado de la cama. Se acarició los muslos despacio, sintiendo la piel de gallina. Cerró los ojos y trató de pensar en algo excitante. Lo primero que le vino a la mente fue el último vuelo con York. El momento en que el pegaso se acomodaba encima, el peso de su cuerpo aplastándola contra su lomo, y después la ensartada. Esa primera embestida que la dejaba sin aire, con la verga enorme abriéndola, entrando en su vagina centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta que no cabía más. Se mordió el labio. Era ridículo, pero la verdad era que esos vuelos la dejaban excitada. No podía negarlo. Cada vez que York la penetraba y la dejaba ensartada volando, su panocha se apretaba alrededor de ese pene enorme y sentía algo que iba más allá del dolor. Algo caliente, algo que vibraba en lo profundo cada vez que las alas golpeaban el aire y empujaban la verga más adentro, tocando el fondo de su vagina, lugares que ningún humano había llegado. Sus dedos bajaron más, encontrando la línea suave de su vagina. Era suave, tenía un poco de vello negro que dejaba crecer porque la verdad no le veía caso a andarse raspando si no había nadie que la viera. Se separó los labios con los dedos y sintió la humedad. Ya estaba mojada. Solo de pensar en la ensartada de York. —Ay, güey... —murmuró, apretando los ojos. Se tocó despacio, haciendo círculos con los dedos en su clítoris. La sensación la recorrió como corriente eléctrica, desde la panocha hasta la punta de los pies. Apretó los muslos y abrió la boca, respirando agitadamente. Pensó en el vuelo, en York encima, en la verga dentro de ella, grande, caliente, palpitando con cada batida de alas. Pensó en cómo la tenía firme y erecta, colgando bajo él, sin poder zafarse, sin poder más que aguantar y gemir y sentir cómo su panocha se amoldaba a ese tamaño brutal. Metió un dedo dentro de su vagina, sintiendo la presión de sus propias paredes apretando. Estaba apretada, pero sabía que podía abrirse más, que York la había entrenado sin querer. Moviéndolo dentro y fuera despacio, sintió cómo se mojaba más, cómo su panocha hacía unos soniditos húmedos que le daban pena pero que también la excitaban más. Añadió otro dedo, luego un tercero, intentando simular el grosor del pegaso, pero no se acercaba ni a la mitad. Aun así, arqueó la espalda y mordió la almohada para no gritar. —Ah... cabrón... York... —susurró contra la almohada, y el nombre del pegaso se le salió sin querer, como cuando te resbalas y dices cosas que no pensabas decir. Sus caderas se movían solas, empujando contra su mano, buscándole más profundidad a los dedos. El roce de su palma contra el clítoris la estaba volviendo loca. Sentía el calor subir por su vientre, expandirse por su pecho, llegarle a la cara. Sus pezones pequeños y rosados se habían puesto duros como piedritas, y con la otra mano se apretó uno, tirando de él, mandando descargas de placer directo a la panocha. —Ah... ah... más... cógeme... —gemía, imaginando que era York ensartándola, que era su verga la que estaba dentro de ella, que eran las alas golpeando el aire y empujándola más profundo. El movimiento se aceleró. Sus dedos entraban y salían de su vagina con fuerza, haciendo que la cama rechinara. La paja del colchón crujía debajo de ella. La ventana estaba abierta y la brisa nocturna le acariciaba la piel sudada, dándole escalofríos que se sumaban al placer. Imaginó el momento exacto: York encima de ella, sus patas traseras agarrándola, la verga entrando de golpe, el piso abajo, las nubes pasando, sus ojitos saliéndose con todo y lágrimas. Ingrid arqueó la espalda, levantó las caderas del colchón, y sintió que el orgasmo se acercaba como ola de mar. Era esa sensación de presión, de calor concentrado en la panocha, que se expandía y amenazaba con reventar. Apretó los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas formándose, igual que en los vuelos, igual que cuando York la tenía ensartada y las lágrimas le corrían por la cara. —¡Ah... York... me vengo... me vengo...! Y entonces llegó. El orgasmo la golpeó como rayo, haciéndola temblar de la cabeza a los pies. Su vagina se contrajo alrededor de sus dedos, apretándolos, soltándolos, apretándolos otra vez, intentando morder algo más grande que no estaba ahí. Un grito se le escapó de la garganta, ahogado por la almohada pero audible. Y en ese momento, justo en el pico del placer, cuando todo su cuerpo se tensó y se soltó como resorte, una lágrima se le salió del ojo izquierdo. Rodó por su sien, por su mejilla pecosa, y cayó en la almohada. Ingrid se quedó tirada, respirando fuerte, con el cuerpo relajado y temblando. Los dedos todavía dentro de ella, la panocha palpitando, los muslos húmedos. Abrió los ojos y miró la mancha húmeda en la almohada. Ahí estaba. La lágrima. Pero no era una lágrima cualquiera: brillaba. Tenía un destello dorado, como si tuviera polvo de estrella dentro. —Híjole... —murmuró, tomándola con cuidado en la yema del dedo. La lágrima titilaba en su dedo, tibia, viva. Ingrid la puso en un frasco pequeño que tenía en la mesa de noche y lo tapó. Se recostó de nuevo, con el cuerpo todavía sensible, los pezones duros, la panocha palpítándole suave, y se quedó dormida con una sonrisa en la cara. Afuera, York relinchó suavemente en la noche, como si hubiera escuchado su nombre. Al día siguiente, Ingrid fue a buscar a Trinidad con el frasco. La encontró en su casa, una casita blanca con techo rojo que estaba llena de enredaderas y flores por todos lados. Trinidad la recibió en la puerta con un vestido blanco suelto que apenas contenía sus pechos enormes. Los pezones se asomaban por el escote, rosados y suaves. —¿Ya la tienes? —preguntó Trinidad con los ojos brillando. —Sí, aquí está —dijo Ingrid, entregándole el frasco. Trinidad lo tomó, lo miró contra la luz del sol, y sonrió ampliamente. —Perfecto. Justo lo que necesito. La lágrima está bien hecha, se nota que fue de verdad. ¿En qué estabas pensando cuando te viniste? —Eso no te importa —dijo Ingrid, poniéndose roja. —En York estabas pensando, ¿verdad? —¡Trinidad! —Jajaja, no te avergüences, hija. Es normal. Ese pegaso te tiene más que entrenada. Ingrid quiso morirse de la pena. Trinidad se rió con ganas, lo que hizo que sus pechos gigantes saltaran de un lado a otro. —Bueno, pues ahora me toca a mí cumplir mi parte. Vamos a hacer tu escoba. Trinidad le pidió a Ingrid que juntara materiales: una rama de sauce para el palo, cerdas de cola de caballo mágico para las cerdas, y un listón de seda roja para amarrar. Mientras Ingrid conseguía todo, Trinidad preparaba el hechizo en su casa. Cuando la bruja regresó con los materiales, el hada madrina tenía todo listo: un caldero con agua hirviendo, hierbas colgadas del techo, velas encendidas en círculo, y sus tetas completamente descubiertas. Ingrid se quedó viendo los pechos de Trinidad. Eran impresionantes. Redondos, grandes como sandías, con una piel suave y blanca que se veía de seda. Los pezones eran rosados, del tamaño de monedas grandes, y las aureolas eran amplias, del color de las fresas maduras. De los pezones goteaba leche, una leche que brillaba con un tono dorado, como si tuviera luz dentro. —No te quedes viendo, hija. Ayúdame a amasar las cerdas con la rama —dijo Trinidad, ajena a la mirada de Ingrid. Trabajaron un rato, ensamblando la escoba. Cuando estuvieron listas las partes, Trinidad tomó el frasco con la lágrima, lo destapó, y vertió la gota dorada sobre las cerdas. Luego se apretó ambos pechos con las manos, apuntando hacia la escoba, y roció leche mágica sobre toda la superficie. La leche se absorbió como si la escoba tuviera sed, y las cerdas brillaron por un momento antes de volverse normales otra vez. —Listo —dijo Trinidad, limpiándose la leche residual del pecho con el dorso de la mano—. Tu escoba nueva. Vuela más rápido que cualquier otra, nunca se rompe, y tiene soporte lumbar. Cuida bien de ella. Ingrid tomó la escoba. Se veía normal, como cualquier escoba de bruja, pero al sostenerla sintió una vibración suave, como si estuviera viva. Se le escapó una sonrisa. —Gracias, Trinidad. De verdad. —De nada, hija. Pero recuerda, la escoba está ligada a ti. Si la pierdes, la extrañas. Y si la prestas, funciona diferente para cada persona. Ingrid asintió y salió corriendo a probar su nueva escoba. Trinidad la vio irse desde la puerta de su casa, con las tetas todavía de fuera, sonriendo. York, que estaba esperando en el patio de Ingrid, vio llegar a la bruja con la escoba nueva. El pegaso relinchó y movió las alas, como saludando. Ingrid se subió a la escoba, se acomodó, y despegó. La escoba salió disparada como bala, tan rápido que Ingrid gritó de susto y emoción. El viento le jaló la túnica, le revolvió el pelo, y la bruja se rió a carcajadas mientras zigzagueaba entre las nubes. —¡York, mira! ¡Ya no me tienes que ensartar, cabrón! ¡Tengo escoba propia! —gritó al viento, eufórica. Pero algo pasó. Cuando Ingrid intentó bajar la velocidad, la escoba no respondió. Seguía volando rápido, demasiado rápido. Y entonces sintió algo: una vibración en las cerdas, justo donde su panocha apoyaba contra la escoba. Una vibración fuerte, constante, que se le metía por los calzones y le llegaba directo al clítoris. —¿Qué chingados? —gritó Ingrid, apretando las piernas contra la escoba. La vibración aumentó. La escoba parecía tener vida propia, y las cerdas se movían como dedos suaves contra su panocha. Ingrid sintió el calor subirle por el vientre, la humedad formándose entre sus piernas, los pezones poniéndose duros bajo la túnica. Era diferente a York, más sutil, pero conocía la sensación. Su cuerpo, entrenado por el pegaso, respondió de inmediato. —¡Trinidad! ¡Qué le hiciste a esta pinche escoba! —gritó al viento, pero nadie la escuchaba. York la vio alejarse y relinchó con preocupación. El pegaso desplegó sus alas y salió volando detrás de ella, alcanzándola sin problema porque las escobas no vuelan tan rápido como los pegasos, sin importar lo mágicas que sean. York la alcanzó y voló junto a ella. Ingrid tenía la cara roja, los ojos llorosos, y mordía el labio con fuerza. La vibración de la escoba la estaba llevando a un punto que no podía controlar. Sus caderas se movían solas, frotando su panocha contra las cerdas, buscando más de esa sensación. —York... ay, York... qué me... qué me pasa... —jadeó, y su voz sonó igual que cuando el pegaso la tenía ensartada, cortada, temblorosa, con ese tono que no era puro susto. El pegaso la miró con esos ojos azules y sonrió. Siempre la misma sonrisa. Como diciendo: ya ves, no puedes escapar. Ingrid no aguantó más. El orgasmo la golpeó en pleno vuelo, haciéndola temblar, apretar las piernas, arquear la espalda. Gritó al viento mientras su vagina se contraía contra la escoba, empapando los calzones. La escoba se desaceleró de golpe y bajó despacio, flotando suavemente hasta el patio de la cabaña, donde aterrizó con delicadeza. Ingrid se bajó con las piernas de gelatina. Estaba sudada, con la túnica revuelta, los calzones mojados, y la respiración agitada. Miró la escoba con una mezcla de terror y deseo. —Híjole... esto va a ser un problema —murmuró. York aterrizó a su lado y la empujó con el hocico, como preguntando si estaba bien. Como diciendo: ya ves, cualquiera de los dos te deja igual. —Sí, estoy bien, cabrón. Pero esta escoba... creo que Trinidad le puso algo extra. Ahora ni la escoba ni tú me dejan en paz. En ese momento, una paloma mensajera llegó con un recado. Ingrid lo tomó y lo leyó: *"Ingrid, no te preocupes por la vibración. Es parte del hechizo de fertilidad. La escoba absorbe tu energía sexual y la libera en el ambiente para ayudar al pueblo. Cada vez que vueles, estarás haciendo el bien a San Lorenzo. Un detalle que olvidé mencionar: los efectos secundarios del hechizo de la lágrima son que tu sensibilidad va a aumentar. Y no me refiero a volverte más sensible de sentimientos. Suerte, hija. Atentamente, Trinidad. P.D. Le eché abundante leche a la escoba para que el efecto dure años."* Ingrid arrugó el recado y lo tiró al piso. —¡Pinche Trinidad! ¡Siempre le salen efectos secundarios a todo! York relinchó y asintió. Ingrid miró la escoba. Miró a York. Miró la escoba otra vez. Dos opciones de volar, y ambas la dejaban en el mismo estado: temblando, mojada, con los ojos llorosos y la panocha palpitando. —Bueno... tampoco es que sea tan malo —dijo, sonrojándose—. Al menos la escoba no me ensarta. York relinchó, casi como riéndose, y movió la cabeza. Su sonrisa se hizo más grande. Mientras tanto, en el centro del pueblo, Margarita estaba en la iglesia ensayando su boda que sería en tres días. La pobre estaba parada frente al altar, con las piernas apretadas, sintiendo ese calor en la panocha que no la dejaba en paz desde que Trinidad le devolvió la virginidad. Cada vez que se movía, sentía sus labios vaginales frotarse entre sí, húmedos, sensibles, mandándole descargas de placer que la hacían apretar los puños y morderse la lengua. —¿Margarita, estás bien? —le preguntó el padre Ernesto, un viejecito bonachón que no tenía idea de lo que le pasaba. —Sí, padre. Solo es que... hace calor —mintió Margarita, con la cara roja. Y en la panadería del pueblo, Julia estaba amasando pan con sus tetas nuevas que no le cabían en ninguna blusa. Cada vez que se agachaba para meter el pan al horno, los pechos le pesaban tanto que casi la jalaban al piso. Su esposo, Don Fermín, la miraba desde la puerta con la boca abierta. —¿Mi amor, necesitas ayuda con eso? —preguntó Don Fermín, señalándole las tetas con la mirada. —¡No! ¡Ya deja de mirarme! —le regañó Julia, pero por dentro le encantaba la atención. En la casa de Trinidad, el hada madrina estaba preparando la siguiente fase de su hechizo de fertilidad. Tenía un mapa del pueblo extendido en la mesa, con marcadores en cada casa donde vivía una mujer en edad reproductiva. Faltaban ingredientes. Faltaba poder. Y sobre todo, faltaba que Ingrid volara más seguido para que la escoba liberara más energía. Trinidad se asomó por la ventana y miró hacia la cabaña de Ingrid, que estaba en la colina. —Esa bruja va a tener que volar todos los días —se dijo a sí misma—. Y con los efectos secundarios... pues le va a tocar aguantar. Por el bien del pueblo. Aunque conociendo a Ingrid, no le va a costar tanto trabajo. Ya está acostumbrada a que la dejen temblando. Se apretó un pezón y se echó leche en el mapa, murmurando un conjuro. El papel brilló por un momento. —Mañana voy a necesitar otra lágrima. Y otro vuelo. Y otra vibración. Y otro encuentro con York. Esto apenas está comenzando. A lo lejos, se escuchó el grito de Ingrid montando su escoba, seguido del relincho de York volando detrás. La brisa de San Lorenzo de las Nieblas cargaba algo nuevo en el aire, algo que las mujeres del pueblo empezarían a sentir pronto. Un calor. Una pulsación. Un despertar. El caos apenas comenzaba. Pobre Ingrid. El precio de volar en San Lorenzo de las Nieblas era alto, pero alguien tenía que pagarlo. Y entre el pegaso de sonrisa eterna y la escoba vibrante, la bruja no tenía mucho de dónde escoger.
Autora de las historias

Lily

Hola! soy Lily y me encanta escribir historias eróticas, a veces me ayudo con la IA un poco, yo le doy los parametros que quiero, contexto, personajes, etc y luego modifico y reescribo algunas cosas. Espero les gusten mis historias!